lunes, junio 28, 2010

RECAÍDA CAPITALISTA


Finalizó el fugaz ensueño inducido y la verdad volvió por sus fueros con ímpetu bestial: la Unión Europea vive un momento dramático, corre el riesgo cierto de perder el euro y desintegrarse, inicia un ajuste salvaje en detrimento de las masas trabajadoras, ve esfumarse la perspectiva de reactivación, amenaza la estabilidad de la banca mundial (los Bancos estadounidenses son acreedores por 193 mil millones de dólares sólo de la deuda griega) y, con eso, recorta la expectativa de reactivación, trae el temor a una nueva recesión y replantea, con mayor vigor que en 2008, el riesgo de que ésta se transforme en depresión.
Para eludir la caída en dominó, la UE destinó 750 mil millones de euros (equivalentes a un millón de millones de dólares), para que los Estados fallidos puedan pagar sus deudas a los Bancos. Por detrás hay algo más grave: el desbarajuste en los equilibrios macroeconómicos que llevaron a Grecia al colapso se repite sustancialmente idéntico no ya en España, Italia y Portugal, entre otros países menores de la UE, sino en Alemania y Estados Unidos. Dicho de otro modo: el plan de ajuste que el FMI impone a Grecia –y que a la fecha ya han adoptado ese país, España, Italia y Gran Bretaña– deberá necesariamente aplicarse en Estados Unidos y en la principal economía de la UE, Alemania.
Por lo pronto, los 16 países de la eurozona han anunciado que recortarán sus presupuestos para los próximos dos años en 300 mil millones de euros (unos 370 mil millones de dólares). Gran Bretaña, por su lado, reducirá sus gastos en 106 mil millones de libras esterlinas (alrededor de 146 mil millones de dólares) en cinco años. El impacto sobre la población será durísimo, sobre todo si se tiene en cuenta que ya carga con el peso de las medidas adoptadas en 2008, las cuales, según el presidente de la Comisión Ejecutiva de la Unión Europea, José Barroso, “nos hicieron dar un salto para atrás de 10 años en el nivel de vida”.
¿El ajuste actual provocará otro retroceso de 10 años? Se verá. En cualquier caso, pocos confían en que las drásticas medidas adoptadas reviertan las fuerzas centrífugas que amenazan la existencia de la UE y el equilibrio del capitalismo mundial. La caída de la tasa de ganancia continúa demoliendo las columnas del sistema.

Contrincantes en el fragor de la crisis

El colapso griego fue aprovechado por las corporaciones estadounidenses para intentar demoler el euro y, a la par, la Unión Europea. Barack Obama jugó sin disfraces el papel de representantes de los grandes capitales industriales, comerciales y financieros estadounidenses, que necesitan desarticular el bloque de 27 países, que se constituyó en la primera potencia económica mundial y sobrepasó en todos los terrenos, excepto el militar, al imperialismo estadounidense. Gran Bretaña, el león desmelenado –aunque todavía con algunos colmillos– está subordinada sin protestas a su antigua colonia devenida metrópolis. El viejo continente se bate hoy contra Estados Unidos para poder sostener y completar un proceso de unificación imprescindible para competir con Washington, aunque inviable bajo las exigencias del sistema capitalista, como prueba la crisis en curso.
Conviene ir hacia atrás y señalar que en la década anterior, las principales empresas europeas habían sacado mucha ventaja a las estadounidenses. La UE alcanzó el 17% de las exportaciones mundiales, mientras Estados Unidos descendía abruptamente, del 17 al 11%. Las ventas en el exterior de empresas europeas dieron a este bloque el 39% del total mundial, contra el 30% de Estados Unidos (En ese reparto, el bloque Bric –Brasil, Rusia, India y China– tiene el 20% de las exportaciones, China con la parte del león). Un estudio centrado en algunas empresas indica que, sobre todo en el caso de Alemania, grandes compañías exportan alrededor del 80% de su producción, una proporción incomparable con las empresas estadounidenses. Otro indicador: de las 100 mayores empresas multinacionales del mundo, las pertenecientes a la UE pasaron de 57 a 61, en tanto las estadounidenses caían de 26 a 19.
Según un estudio de la consultora alemana Roland Berger sobre las tres mil principales empresas del mundo, entre 1998 y 2008, las europeas tuvieron una rentabilidad del 13%, cifra que desciende al 7% para las estadounidenses. Téngase en cuenta que estos datos serían imposibles sin la penetración, tan audaz como voraz y efectiva, de las multinacionales europeas en América Latina. Eso explica el indisimulado respaldo de la UE a la oposición al Alca por parte de algunos gobiernos que, cinco años después de haber sepultado el intento estadounidense, trabajan por un tratado de libre comercio con el viejo continente.
En suma, el proceso equívocamente llamado “globalización” dejó mejor ubicada a la UE en la implacable disputa por el mercado mundial. Entre otros factores, esto atañe a la productividad. Pese a que la explotación del trabajo en Estados Unidos es incomparablemente más salvaje que en Europa, el aumento en la productividad estadounidense ocurrió, en sus tres cuartas partes, en el área de los servicios, que a su vez cuentan con el 20% de su comercio mundial, según un estudio publicado por el economista Stefan Theil.

Expectativas y estrategias

Pues bien: es ese portento imperialista el que sufrió un disparo en el corazón con la crisis griega. A partir de allí ¿es objetivamente fundada la expectativa de recuperación y crecimiento aun a tasas mínimas?
Antes del estallido en Grecia, las previsiones de todas las grandes consultoras internacionales y del FMI, coincidían con pequeñas diferencias en que el mundo retomaba el camino del crecimiento, con una previsión para 2010 del 3% de incremento del PBI en Estados Unidos y del 2% en Europa. Para 2011, la estimación era del 2 y 1% respectivamente. Difícil creer que tantos egresados de las mejores universidades del Norte tuviesen confianza en las cifras que difundían, cuyo corolario era que la crisis había quedado atrás y el mundo retomaba el curso de crecimiento, bajo la tutela de Estados Unidos y el G-20. Después de los últimos sacudones, la Ocde (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), mantuvo guarismos incluso más optimistas. A contramano, el Departamento de Comercio comunicó que la economía de Estados Unidos creció un 3% en el primer trimestre, corrigiendo a la baja su propia predicción y las de las principales consultoras.
Entre septiembre de 2008 y junio de 2009 en Estados Unidos se perdieron seis millones de puestos de trabajo. Y desde entonces, aunque en cantidades menores, el proceso no se ha revertido ni un solo mes. La caída no fue tan abrupta en la UE, aunque tampoco fue comparable luego la capacidad de reactivación de la euroeconomía. Ahora, es menos probable que la inyección de 750 mil millones de euros repita el resultado visto un año atrás con eje en Estados Unidos: freno a la recesión y, a medio término, reactivación. La diferencia está en que mientras en Estados Unidos la montaña de dólares arrojada al mercado simplemente pasó a aumentar el déficit y debilitar su moneda, en la UE el ajuste sumará factores negativos a la lógica del ciclo económico descendente. A los despidos en el sector privado por la caída de la demanda, se sumarán los que produzca el sector público para sanear las finanzas del Estado. Todo sumado, multiplicará la desocupación y la retracción de demanda.
Estados Unidos no podrá eludir los efectos de esa retracción. No obstante, hay numerosos indicios de que sus autoridades asumen esa certeza y apuntan a que los efectos acaben con el euro, disgreguen a la UE y permitan a Washington disputar en mejores condiciones el mercado mundial sobre el que avanzó con ventaja la UE en el último período. Ya verán la CIA y el Pentágono cómo se arreglan con los problemas sociales que aumentarán fronteras adentro.
Los economistas del imperialismo estadounidense no ocultan su verdadera receta para afrontar la crisis: acabar con el Estado de bienestar en Europa; acabar, también en la UE, con el déficit fiscal; frenar las exportaciones chinas. Sin eso, la recuperación –es decir, la restauración de la supremacía estadounidense en el mercado mundial para impedir que se frene su maquinaria productiva siquiera por un período breve– sería imposible. Por eso la Casa Blanca presiona sin rodeos a la UE para avanzar con el ajuste, contribuirá en todo para que las burguesías imperialistas europeas enfrenten a sus trabajadores a fin de imponer esa política, pero al mismo tiempo propenden al estallido de la UE. Un caso aparte es China, que en las últimas semanas ha demostrado capacidad para hacer que se desplomen o recuperen las Bolsas del mundo. Es improbable que Beijing limite su actividad exportadora y resuelva mantener altos índices de crecimiento volcándose hacia el mercado interno, como exige Washington. Del mismo modo, no es dable esperar una devaluación significativa del yuan (el fracaso en este sentido del reciente viaje a China de Timothy Geithner, secretario del Tesoro estadounidense, habla por sí mismo).
Queda evidente así que la línea fundamental de confrontación que marca el ritmo y la forma de la crisis mundial en esta coyuntura, pasa por la lucha interimperialista, tiene en segundo plano la pugna con las naciones subordinadas (en la exacta medida en que las mayores en esta categoría se han sumado al G-20) y en un tercer plano, lejano, al choque con los trabajadores. En la medida en que las relaciones de fuerza que determinan este ordenamiento no se alteren (y eventualmente pueden hacerlo en plazos brevísimos, cambiando abruptamente el escenario regional o mundial), Estados Unidos avanzará por ese camino, que no desemboca en una guerra abierta simplemente por la abrumadora disparidad de fuerza militar. Pero entabla esa dinámica, que llevará la violencia a otras formas y, dependiendo de las circunstancias, a otros escenarios. Si alguien cree que tales afirmaciones son exageradas, Barack Obama aventa dudas con su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, presentada el 27 de mayo. “Nuestro foco es una estrategia que amplíe nuestras fuentes de influencia en el mundo y nos permita usarlas para hacer frente a los desafíos del siglo XXI”, declaró Ben Rhodes, viceconsejero de Seguridad Nacional. Tras la presentación del documento, el asesor de Obama en la lucha contra el terrorismo, John Brennan, aclaró que la Casa Blanca “combatirá (al terrorismo) allí donde tramen sus planes y se entrenen, en Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia y más allá”. Que no queden dudas: no hay límites para ese “más allá”.

El Alba como alternativa

La persistente ausencia del proletariado en el escenario internacional hace más difícil comprender qué fuerzas chocan en medio de la crisis. Esto deja el planteamiento y la resolución de los conflictos provocados por la lógica interna del sistema capitalista enteramente en manos de las diferentes fracciones de la burguesía, que además de su diferenciación entre imperialistas y subordinados exhibe una enorme estratificación. La falta de conciencia y capacidad de acción política de los proletariados tiene como primer efecto el hecho a la vista: el capital descarga la crisis sobre sus hombros. Cuando el proletariado entre en escena –y entrará, sin duda, si bien la demora puede ser un factor decisivo– provocará un inmediato realineamiento de fuerzas y será posible ver con nitidez la naturaleza del conflicto planetario. Mientras tanto, a la recesión y el riesgo de depresión, se suma el constante aumento de nuevas situaciones bélicas, como lo ratifica la tensión gravísima en la península de Corea, el área donde Estados Unidos tiene la mayor concentración de bases militares y tropas en el extranjero.
Marx denominaba proletariado “para sí” a la clase trabajadora consciente como sujeto social y político. En oposición, los explotados sin conciencia serían el proletariado “en sí”. Hoy el dato crucial es que, en el momento en que el proletariado “en sí” tiene el mayor peso numérico y cualitativo jamás alcanzado en la historia, el proletariado “para sí”, sólo existe como excepción a escala mundial.
Es en ese cuadro general que la Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América (Alba), se conformó y afirmó como bloque antimperialista cuya vanguardia marcha resueltamente hacia el socialismo del siglo XXI. En el mundo es hoy el único proyecto estratégico que, con aval de pueblos organizados y en pie de lucha, se contrapone al proyecto imperial plasmado en el G-20. Allí reside la posibilidad de frenar la dinámica guerrerista de Estados Unidos, impedir que los efectos de la crisis capitalista caigan como plaga mortal sobre América Latina y avanzar en transformaciones socialistas, mientras los trabajadores de los países desarrollado recuperan capacidad para diseñar una estrategia propia y se suman a una fuerza internacional para dar la respuesta que el desmoronamiento del capitalismo exige.


Por Luis Bilbao.
Director: América XXI

domingo, junio 20, 2010

Las aguas quietas de la resignación

Fue Marx en el 1800 y después Martin Heidegger en el siglo XX quienes indicaron la progresiva reducción del ser humano a una función puramente mercantil.Los dos filósofos coincidían en que el individuo estaba condicionado a presentarse con una mascara. Cada uno lleva consigo los rasgos del empleo que realiza, "la careta" de su "ser empleado". Con una mascara en el rostro el hombre no esta directamente en relación con el mundo si no con las leyes que gobiernan el sistema económico en el que cada individuo se encuentra.
En nuestros días el hombre no se expresa por lo que hace,en realidad acepta y con pasividad obedece la racionalidad del aparato económico que determina no solo su acción si no también la relación con sus semejantes obligado por una ley silenciosa que conecta la producción, con el consumo.
Toda esta trágica dictadura no viene vista como opresión porque forma parte de un sistema monolítico inatacable.De opresión se podía hablar antes del adviento de la economía de mercado donde el Hombre sin ninguna piedad es reducido a cosa. Esto en tiempos no muy lejanos sucedía por la voluntad de otro hombre sea que este se manifestara como individuo o como clase.Era entonces posible identificar esa voluntad que oprimía como también criticarla y destruirla en la búsqueda de una idea que nos indicara un camino hacia la libertad.
En la edad que precedió la globalización este tipo de liberación era practicable porque todo acontecía todavía al interno de la experiencia de la borghesia y del proletariado. Era fácil distinguir una voluntad oprimente y una voluntad oprimida,"un siervo de un Señor" para usar una terminología Hegeliana. Para crear la base de una revolución era suficiente una toma de conciencia que señalara la irracionalidad del opresor y la consiguiente racionalidad de una sucesiva liberación.
Pero en la era posmoderna la reducción del ser humano a objeto no es por el efecto de una voluntad fácilmente reconocible si no la consecuencia de la irracionalidad del mercado. No estamos delante al dominio del hombre sobre el hombre si no bajo la despótica autoridad de una mentalidad que no distingue ya tan claramente si los hombres "son siervos o señores". Estas dos categorías marxistas hoy no se encuentran antagónicas - una contra otra - se presentan alineadas y paralelas habiendo como contraparte solo la ley racional del mercado contra la cual cualquier tipo de revolución es impracticable.
Por este motivo los jóvenes están condenados a bajar la cabeza y aceptar con resignación cualquier propuesta que se les ofrece. Quien pierde el empleo va en crisis de identidad precipitando en la noche oscura de la desesperación. Esto no es porque se ha identificado exageradamente con el propio trabajo, es simplemente porque desde el otro lado no existe un rostro reconocible a quien culpar; no hay un interlocutor con quien discutir y confrontárse.El mercado no tiene un rostro, el mercado es "todos y ninguno".Bien enseñaba el viejo Homero cuando escribía: "ninguno es siempre el nombre de alguno" pero este "alguno" en el escenario global es invisible.
Todo este panorama en realidad genera la resignación que esconde un terrible desierto donde es imposible postular una salida.Están desesperados los empresarios y afligidos los obreros.Por primera vez en la historia no hay una contraposición capaz de crear las condiciones de una autentica revolución.Todos están sometidos por la dura ley "racional" de la economía. Esta es la tragedia y el drama de nuestros días. En la Argentina (me parece) todavía no se dieron cuenta, se continua a dividir el mundo entre peronistas y antiperonistas sin notar que no hay diferencias porque todo se a disuelto en las aguas quietas de un único pensamiento:El mercado.


Por Daniel Balditarra.
Desde Milán, Italia.

viernes, junio 04, 2010

El colapso europeo desnuda las grietas en América Latina

Fisuras:el tratamiento terapéutico que surgió de la cumbre entre América Latina, el Caribe y la Unión Europea insiste en las recetas de Tratados de Libre Comercio entre ricos y pobres, la reformulación de los organismos multilaterales de crédito y la revalorización del G-20 como espacio de debate plural e igualitario. Las negociaciones de TLC con Mercosur y los acuerdos cerrados con Centroamérica y con Perú y Colombia son una nueva advertencia del resquebrajamiento de los bloques políticos y económicos regionales. La reunión de Unasur en Buenos Aires no logró revertir ese espíritu que se contrapone a la unión cada vez más necesaria.
Envuelta en una crisis en la que todo puede pasar, la Unión Europea (UE) alcanzó sus objetivos camino al libre comercio con América Latina (AL) en los tres ámbitos en los que se había propuesto avanzar: acuerdo cerrado con América Central y con Colombia y Perú y reanudación de negociaciones con el Mercosur.
Los líderes europeos que participaron de la cumbre AL-Caribe-UE pagaron un modesto precio por semejante logro: apenas debieron tolerar que algunos presidentes latinoamericanos reprocharan las políticas de ajuste aplicadas en una Europa sin reflejos. La América Latina que estima crecer en 2010 un 4% dejó algunos consejos en Madrid, pero se llevó consigo viejas recetas con promesas de modernización y un trato igualitario.
Los voceros de las reuniones realizadas entre el 17 y el 19 de mayo aseguraron que Madrid deja “un mensaje de unidad para afrontar la crisis económica desde un nuevo reordenamiento del mundo multipolar, en el que se escuche más la voz de los países emergentes y se evite la tentación del proteccionismo”.
Conviene indagar un poco más para encontrar una mayor sustancia. La presidente argentina, Cristina Fernández –quien como titular pro témpore del Mercosur presidió la cumbre junto a al jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero– pidió imponer el concepto de “socio” en lugar de “cliente”, y reivindicó al “multilateralismo como método adecuado para resolver todos los problemas”. Fernández pidió la “reformulación de las instituciones globales” y reiteró la necesidad de que América Latina vea reflejado su creciente papel en el escenario mundial en organismos internacionales, en clara referencia al G-20, al FMI, al Banco Mundial y a otras entidades.
De hecho, la declaración final de Madrid señala que los presidentes acordaron impulsar que en la próxima reunión del G-20 en Canadá “se aborden problemas de regulación de capitales, de bancos de inversión, calificadoras de riesgo y paraísos fiscales”. Entre las medidas adoptadas en esta cumbre los organizadores destacan la creación de un fondo, denominado Mecanismo de Inversión en América Latina (Mial, por sus siglas), de 3 mil millones de euros (unos 3.600 millones de dólares) para áreas prioritarias. “El Mial tendrá un efecto de palanca para movilizar recursos de las instituciones financieras para financiar proyectos de inversión en infraestructura energética, incluidos el rendimiento energético y los sistemas de energías renovables, el transporte, el medio ambiente y la cohesión social”, señala la Comisión Europea. En Madrid estuvieron 14 de los 27 presidentes de la Unión Europea, mientras que en el caso de América Latina y el Caribe asistieron 20 de sus 33 mandatarios. Las ausencias más destacadas fueron la de la canciller alemana, Angela Merkel, que sólo asistió a la cena ofrecida en el Palacio Real y después regresó a Berlín, las de los primeros ministros del Reino Unido, David Cameron, e Italia, Silvio Berlusconi, y las de los presidentes de Venezuela, Nicaragua, Cuba y Uruguay.

Las huellas de los tratados

Los tratados de libre comercio (TLC) ganaron terreno al mismo ritmo en que parecen agrietarse los bloques regionales, como el Sistema de la Integración Centroamericana (Sica) y la Comunidad Andina de Naciones (CAN), mientras Mercosur y Unasur se ven aquejados por la parálisis. Rodríguez Zapatero informó que el TLC que firmaron la UE y los países centroamericanos permitirá efectuar transacciones por 3.200 millones de dólares. A partir de este acuerdo, las naciones que componen esa región (Panamá, Costa Rica, Honduras, El Salvador y Guatemala) prometen integrarse a Europa a través de tres ejes: comercial, político y de cooperación para un mercado de unos 500 millones de consumidores.
Nicaragua –integrante del Sica– rechazó los términos de estos acuerdos. Unos días antes de la Cumbre de Madrid, el presidente Daniel Ortega denunció que la UE promueve “una nueva forma de colonialismo, que ya no se llama neocolonialismo, ni imperialismo, sino que se llama asociación. Son técnicas de dominación disfrazadas”. Un detalle que no es menor es el rol que ocupa Honduras en este acuerdo y la legitimidad del gobierno de Porfirio Lobo, que sigue sin ser reconocido por la gran mayoría de los gobiernos de Sudamérica. Con la excepción de Nicaragua, todos los países de Centroamérica, más Colombia y Perú (es decir, todos los que firmaron TLC con la UE) ven en Lobo al artífice de la recuperación democrática en Honduras.
Otro TLC, el firmado por la UE con Colombia y Perú, es un buen ejemplo más de esta historia. Su concreción produjo el estallido explícito de la ya moribunda Comunidad Andina de Naciones (CAN), ya que sus otros dos socios (Bolivia y Ecuador) prefirieron esperar hasta despejar algunas de sus dudas sobre compromisos, obligaciones y beneficios que verda-deramente conlleva un TLC de estas características.
Ecuador pide desde hace dos años que una negociación trascienda el libre comercio y se transforme en un “acuerdo para el desarrollo”, que tenga en cuenta también aspectos políticos. Bolivia ha rechazado negociar un acuerdo comercial con la UE y ha hecho observaciones sobre propiedad intelectual, servicios, las condiciones de la inversión extranjera y la protección social. El presidente de Perú, Alan García, se mostró satisfecho por el acuerdo pero advirtió que su país “deberá prepararse para el desembarco de las exportaciones europeas”. Explicó: “habrá un reflujo, porque ni España ni el resto de ese bloque estarán pasivos para que se les coloquen más productos”.
A diferencia de la CAN, el Mercosur parece sólidamente encolumnado detrás de la búsqueda de un TLC con la UE. La presidente argentina llevó a Madrid el mandato de Brasil, Uruguay y Paraguay para destrabar la compleja negociación y agendó un par de reuniones de trabajo que se van a realizar en los primeros días de julio próximo. Rodríguez Zapatero recordó que, en caso de concretarse, el TLC sería “el más importante de la UE”, ya que englobaría a 700 millones de ciudadanos y 100 mil millones de euros anuales de comercio interregional.
Pero la dinámica y la magnitud de la crisis europea no admite visiones de largo plazo. En el sur del continente nadie se atreve a descartar daños colaterales luego del recorte fiscal dispuesto por varios países de la UE. La preocupación mayor es el comportamiento del valor internacional de las materias primas y sus derivados, que representan entre 75 y 80% de las exportaciones generales del Mercosur.
Otro dato a tener en cuenta justifica en parte el apuro de la UE para cerrar un TLC con el principal bloque económico de América Latina: se estima que entre 30 y 35% de los productos básicos del bloque tiene como destino la UE, pero el mayor receptor es China, que compra 45%. Por último, no es menor el dato de que el segundo país del bloque más comprometido financieramente hablando, España, es el principal inversor extranjero en Suramérica, principalmente en áreas bancarias, eléctricas, telecomunicaciones y otros servicios.

El lugar de Unasur

Los acuerdos de Madrid confirman que el imprevisible reacomodamiento de los factores internacionales de poder juega buena parte de sus fichas en América Latina. Y esta región responde confundida en lugar de acordar la búsqueda de mecanismos para un objetivo común. La Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) no escapa a esta realidad. Más aún, se trata del bloque que más padece este permanente intento de atomización regional.
La cumbre de presidentes que se realizó a comienzos de mayo en Buenos Aires apenas logró mantener el decoro en temas coyunturales y de escasa relevancia política. Contrariamente a lo planificado, los grandes temas políticos, los que hacen a la resistencia y a la ofensiva frente al imperialismo en cualquiera de sus formas, estuvieron ausentes en la reunión de trabajo: las bases militares en Colombia, la agenda de un eventual encuentro entre Unasur y Estados Unidos y el acuerdo de defensa entre Estados Unidos y Brasil (circuló entre los presidentes un documento privado elaborado por Brasilia con los alcances de ese pacto, aunque nada se fijó en forma pública).
El gran logro común de Buenos Aires fue, sin dudas, el tratamiento de la situación en Honduras. Fue una clara victoria de los presidentes que impulsaban el boicot a la cumbre de Madrid, como gesto de disconformidad frente a la invitación de España a Porfirio Lobo. Con firmeza, torcieron la voluntad de los mandatarios que dudaban del desplante a Rodríguez Zapatero y dejaron en evidencia a los jefes de Estado que ya habían reconocido a Lobo como presidente de Honduras y que –no casualmente– faltaron a la cita de Buenos Aires (Perú y Colombia).
Por último, la designación de Néstor Kirchner como secretario general de Unasur se da en un contexto institucional de preocupante vulnerabilidad, con reglamentos internos que no están completamente definidos y donde sólo cuatro de los 12 países miembros aprobaron el protocolo de adhesión. El debut de Kirchner coincidió con una decisión del gobierno de su esposa, Cristina Fernández, de prohibir el ingreso de alimentos desde Europa y Brasil, algo que le valió un nuevo conflicto con su vecino y que sería anulada durante la cumbre de Madrid.
La designación del ex presidente por parte de la mayoría de los mandatarios de la región es un oportuno respaldo institucional al gobierno argentino, en un momento políticamente complejo para el oficialismo. A su vez, abre una incógnita sobre el fortalecimiento de la organización suramericana. Kirchner es, además de secretario general de la Unasur, diputado nacional, presidente del Partido Justicialista y candidato para suceder a su esposa en el gobierno a partir de 2011. En los próximos meses se verá cómo se compatibilizan estas funciones y objetivos con la tarea, necesariamente enérgica, para poner en marcha Unasur.

Por Adrián Fernández
América XXI

sábado, mayo 15, 2010

DILEMAS DE UNASUR


Con el estallido de la crisis mundial en 2008 se produjeron dos movimientos simultáneos de sentido inverso: el desarrollo estratégico del Alba y la circunstancial recuperación de poder por parte del imperialismo estadounidense. Este desplazamiento paradojal domina el momento político internacional y habrá quedado patente en Buenos Aires los días 4 y 5 de mayo –mientras esta edición está en las rotativas– cuando se reúna en la capital argentina la cumbre de la Unión de Naciones del Sur.
La irrupción del Alba constituye un salto cualitativo en el desarrollo político hemisférico, con proyección internacional: ahora las mayorías cuentan otra vez con una brújula. Potencialmente, ese factor cambia el signo en la evolución de la crisis. No obstante, las metrópolis imperiales están mejor plantadas frente a la coyuntura y el futuro inmediato, como resultado de la conducta adoptada ante la emergencia por buena parte de los gobiernos de los países subdesarrollados y dependientes.
El fortalecimiento táctico del centro imperial se expresa en tres planos:
- Económico: la Banca de inversión mundial (allí donde estalló la crisis) tuvo una ganancia neta de 311 mil millones de dólares durante 2009. Un 50% más que en 2008. Esto se logró pese a que, según prevé el Boston Consulting Group, las ganancias en la industria caerán un 11% durante el año en curso.
- Político: aunque sin homogeneidad y con presumibles conflictos en el mediano plazo, Washington logró afirmar el G-20, hecho que vale sobre todo por lo que evitó: el fortalecimiento hasta niveles insoportables para el imperialismo de polos globales alternativos, con conductas económicas y estrategias geopolíticas contrapuestas a las delineadas por el Departamento de Estado.
- Militar: en el período inmediato posterior al colapso económico, George Bush primero, luego Barack Obama, multiplicaron el dispositivo militar apuntado contra los países del Alba, con destaque en hechos indiscutibles: reactivación de la IVª Flota; instalación de siete bases militares estadounidenses en Colombia; acuerdos en el mismo sentido con Perú; firma de un acuerdo de defensa de Estados Unidos con Brasil (reemplaza al denunciado unilateralmente por Brasilia en 1977, durante la dictadura militar). El Departamento de Estado coronó estos éxitos, el 13 de abril, con una cumbre mundial donde impuso un “acuerdo nuclear”, que entre otras cosas pavimenta el camino hacia una guerra contra Irán. Inmediatamente después el jefe del Pentágono, Robert Gates, partió en gira hacia Perú, Colombia y Barbados, donde anudó compromisos militares con esos gobiernos.
¿Cómo explicar estas victorias del capital en el vórtice de su propia crisis? La respuesta reside en la rápida reacción política de las economías altamente desarrolladas frente al colapso económico mundial, que actuaron con más claridad táctica y mayor lucidez estratégica, en comparación con la conducta de los gobiernos de países de economías subdesarrolladas y dependientes. Las cúpulas imperiales supieron abroquelar fuerzas para afrontar un riesgo al que correctamente interpretaron como amenaza mortal. Para efectuar ese movimiento centrípeto no fue óbice la feroz lucha por el reparto de los mercados que fractura y enfrenta a los diferentes flancos de la burguesía imperialista.
Lo contrario ocurrió en las dirigencias del Sur: excepción hecha de los gobiernos del Alba, por regla general cada una buscó su salvación individual, dejó que primaran intereses de sus burguesías locales y asumió que la única posibilidad de recuperar el equilibrio consistía en religarse con los centros imperiales, de los cuales había tomado distancia en los años previos. En otras palabras: la crisis obró como imán para el capital y aventó una vez más las ilusiones sobre el carácter nacional de burguesías locales.

Otra fase

Todo el período simbólicamente iniciado en agosto de 2000, cuando el entonces presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso convocó a la primera reunión de mandatarios suramericanos, estuvo dominado por la necesidad de aquellas burguesías sometidas, obligadas a defenderse de la voracidad imperial y tomar distancia de las metrópolis para defender áreas mercantiles y proteger su parte en la absorción de la plusvalía regional. Eso acabó.
Como estas páginas registraron paso a paso, frente al colapso económico la Casa Blanca reaccionó buscando evitar la fuga de países que por peso económico o gravitación política pudieran constituir un polo alternativo. Transformó así el G-8 en G-20. Otra vez el palo y la zanahoria. Y otra vez el mismo reflejo condicionado: los gobiernos de Argentina y Brasil acudieron al llamado de George Bush en noviembre de 2008, sin siquiera convocar antes una reunión de Unasur para llevar a Washington una posición conjunta. India, China y otros tantos países hicieron lo mismo. Los poderosos habían ganado la primera batalla de la nueva guerra. Para que no hubiese dudas, Brasilia y Buenos Aires (y otros diez gobiernos similares) firmaron un documento conjunto con los jefes del mundo, donde se consignaba el acuerdo en las medidas para afrontar el colapso. Hubo después dos reuniones más, en Londres el 2 de abril de 2009 y en Pittsburgh el 24 de septiembre del mismo año. En cada una de ellas avanzó la recuperación del equilibrio imperialista, sobre la base de su estrategia, su programa de acción y sus instituciones. Es sabido que los acuerdos se firman para ser violados. ése puede ser el argumento pragmático para ciertos gobernantes. El caso es que el G-20 se prolonga ahora con un instrumento de inequívoco objetivo: el “acuerdo nuclear” (ver "La estrategia nuclear de Obama"). Al cabo de este maratón Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal de Estados Unidos y cerebro de la operación de salvataje, hizo su balance: “A diferencia de los ‘30, las conducciones económicas en el mundo trabajaron sin parar para estabilizar el sistema financiero (...) Como resultado, si bien las consecuencias económicas de la crisis financiera han sido dolorosamente graves, el mundo se evitó un cataclismo aún peor, que hubiera igualado o superado al de la Gran Depresión”.
En efecto, se eludió el cataclismo inmediato, lo cual deriva en un momento político signado por el fortalecimiento coyuntural de los centros imperiales y un trance de confusión y eventual dispersión de un flanco en los países subordinados.

Dos caminos, no tres

Como contraparte insoslayable de la situación descripta, Unasur vio debilitado su impulso y los principales proyectos quedaron paralizados. La fuerza subterránea que impulsa a la convergencia, sin embargo, mantiene toda su potencia. Por eso, en otra resonante paradoja mientras esto ocurría iba tomando cuerpo un organismo de naturaleza semejante pero de mayor envergadura: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que vería la luz en Cancún, en febrero último. Esto equivale a una OEA sin Estados Unidos y, de por sí, supone otra derrota estratégica del centro imperial. Como contrapartida, allí gravitará con peso incomparablemente mayor al que tiene en Unasur el bloque de gobiernos opuestos a la perspectiva socialista. Así de zigzagueante y contradictoria es la marcha en esta etapa de la historia. Así de firme y flexible estará obligada a ser una estrategia en función de la soberanía, la emancipación y la revolución social.
Si la Celac se consolida, Unasur carecerá de sentido. A la inversa, si Unasur no avanza en lo inmediato, estará comprometida la existencia misma de la Celac. La clave es fortalecer la dinámica de convergencia de la instancia suramericana, hoy amenazada por una multitud de conflictos entre los que sobresalen la instalación de bases militares en Colombia, los enfrentamientos en el Mercosur y la belicosa militancia del nuevo gobierno chileno.
Antes de conocer los resultados de la cumbre de Buenos Aires es posible prever que allí habrá aparecido con mayor relieve la estrategia del bloque formado por los gobiernos de Colombia, Chile y Perú, enfilada sin ambigüedades contra el proceso revolucionario anticapitalista que encarnan los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Las posiciones intermedias presumiblemente habrán sostenido la perspectiva unionista. Y no es improbable que hayan inclinado la balanza a favor de las posiciones antimperialistas. Pero en perspectiva no hay tres caminos. Esta aseveración se funda en dos razones principales:
- el cataclismo temido por Bernanke, según sus propias palabras, fue “esquivado”, pero en modo alguno resuelto: espera agazapado a la vuelta de la esquina;
- en América Latina las masas tienen ya una brújula que marca el rumbo de la revolución: el Alba.
Esos dos factores obrarán como una tenaza sobre las direcciones políticas vacilantes, centristas y reformistas. El estado mayor político materializado hoy en los países del Alba conquistará la conciencia y el corazón de las mayorías. No cabe duda acerca de esto, más allá de las sinuosidades que ese proceso entrañe. Queda la opción de sumarse a la revolución o asumir sin rodeos el programa político del G-20. Aquellos gobiernos que no estén dispuestos a lanzarse contra sus propios pueblos, pero tampoco resuelvan sumarse a una perspectiva revolucionaria, caerán como hojas secas. Esa dinámica ya está a la vista.

Continuidad de la crisis

Basta observar la superganancia de la banca mientras cae la producción industrial, y preguntarse de dónde salieron aquellos ingresos extraordinarios, para comprender que la crisis no sólo continúa, sino que se agrava sistemáticamente. Hay signos que alertan incluso sobre un nuevo estallido general, que podría ocurrir en el corto plazo. Sólo que, si bien es imposible prever su hora con exactitud, es seguro afirmar que esta vez no sucederá con centro en el ámbito financiero, sino en las columnas maestras del sistema: la producción industrial.
La caída en la ganancia de la industria tiene en su contrapartida el dato más importante: aumento incontenible de la desocupación, siempre con eje en los países centrales. La reducción de la demanda agregada global que esto presupone no tiene solución con créditos. Ni con obras públicas según la fórmula keynesiana. El terremoto europeo con epicentro circunstancial en Grecia, con réplicas día a día más alarmantes en España, Italia, Portugal e Irlanda, pone a la luz pública la incapacidad de Alemania y Francia para contrarrestar la fuerza subterránea que está minando la tambaleante estructura de la Unión Europea.
Así como los alquimistas de los centros financieros, con Bernanke a la cabeza, pudieron esquivar el colapso generalizado de la banca mundial, ministros de Economía de las grandes potencias pueden en teoría postergar un eventual estallido y ralentar la marcha hacia una depresión incomparablemente mayor que la de 1930. La ominosa ausencia del movimiento obrero en el escenario mundial les da ese margen. Es evidente sin embargo que no pueden resolver la crisis ni detener su inexorable dinámica. Por eso aparecen cada vez más los ministros de Defensa y los jefes militares del imperialismo como protagonistas.
Robert Gates, ministro de Defensa de la mayor potencia bélica, es el maestro de ceremonia. Firmó con su par brasileño Nelson Jobim un acuerdo de colaboración militar, mientras desde el Departamento de Estado se llevaba la presión al punto de que el secretario adjunto para el Hemisferio Occidental, Arturo Valenzuela, llegó a declarar desde Quito, el 5 de abril, que su gobierno “está tramitando” la instalación de una base militar en territorio brasileño, “para combatir el narcotráfico”. Cuatro días antes O’ Estado de São Paulo había anunciado que “Estados Unidos ha comenzado las negociaciones con el Gobierno brasileño para crear en Río de Janeiro una base para vigilar el tráfico de drogas en la región, similar a las existentes en Key West (Florida) y en Lisboa, Portugal”. Tal vez es necesario repetirlo: el principal diario brasileño anunció la creación de una base estadounidense en Río de Janeiro.
Hubo respuesta rápida: “No, no es cierto; no hay ninguna posibilidad de que haya una base militar estadounidense en Brasil”, dijo Marco Aurelio García, asesor de Lula. Todo se reduce a “un programa de cooperación”, agregó, antes de completar su idea: “Nosotros no tenemos doble discurso”. Con todo, está a la vista la presión de Washington y sus socios locales sobre el gobierno del PT. Y fuera de discusión el saldo de esa presión: un acuerdo de colaboración militar entre los gobiernos de Lula y Barack Obama.
ésa es la dinámica a la que Unasur debe poner freno, so pena de convertirse en una cáscara vacía. Al leer estas páginas, usted sabrá qué respuesta dio al dilema la cumbre de mandatarios en Buenos Aires.

Por Luis Bilbao
Para América XXI
24 de abril

jueves, abril 22, 2010

BICENTENARIO EN REVOLUCIÓN



Evidencia: ningún episodio circunstancial provocado por el desarrollo desigual de la conciencia y la organización latinoamericano-caribeñas puede desdibujar lo obvio: en el Bicentenario del comienzo de la guerra victoriosa contra el imperio español, el hemisferio en su totalidad –incluyendo a Estados Unidos– vive un momento histórico en el cual la fuerza dominante es la que se encamina –zigzagueante o directamente– hacia la emancipación nacional y social. Como lo hiciera el agónico sistema con sede en el Palacio Real de Madrid, ahora Washington reacciona enviando ejércitos de mercenarios. A la vanguardia marchan batallones de prensa, espionaje, infiltración. Simultáneamente se despliegan bases terrestres y marítimas aprontándose para entrar en acción.

“Sigue siendo una fuerza desestabilizadora en la región (…) Sigue teniendo una postura muy antiestadounidense y busca juzgar y restringir la actividad de Estados Unidos donde sea que tenga la oportunidad de hacerlo (…) Sigue comprometiéndose con la región (…) y sigue buscando su agenda socialista”. Tales fueron las palabras del general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, al testimoniar acerca del gobierno venezolano el 18 de marzo, ante la Comisión de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Simultáneamente, una elaborada provocación dio lugar a una campaña de calumnioso acoso contra Cuba a escala mundial. Sólo una exigencia táctica impidió que esta ofensiva incluyera visiblemente a Bolivia: Evo Morales acaba de ganar las elecciones con el 64% de los votos.
No caben dos interpretaciones sobre el significado de aquel informe y esta innoble embestida mediática: a 200 años de la rebelión independentista, la actual potencia imperial prepara sus cañones contra la insurgencia latinoamericana y otra vez, como lo hiciera España en Suramérica con eje en Miranda y Bolívar, centra el fuego en Venezuela, apuntando ahora a la revolución socialista que desde allí se expande al continente, como continuidad conclusiva de la lucha emprendida dos siglos atrás. La simultaneidad del ataque contra Venezuela y Cuba proviene de una interpretación acertada por parte de los estrategas del Departamento de Estado: a los efectos de la lucha contra el sistema capitalista y el gendarme estadounidense, Venezuela y Cuba son un solo país; los mandatarios de Caracas y La Habana, un solo gobierno; los ejércitos separados por el mar Caribe, una sola fuerza armada; las mayorías de ambos países, un solo pueblo. Éste es un dato nuevo en la historia; un rasgo que da perfiles inéditos a la coyuntura; un factor de enorme trascendencia para la evolución política del siglo XXI.
Washington sabe además que esta vanguardia –en la que también cuenta sin mengua Bolivia– se extiende a los países del Alba y puede palparse multiplicada en un abigarrado universo de organizaciones de todo género, que en América Latina asumen la revolución socialista como única reivindicación legítima y posible en el bicentenario signado por el descalabro del sistema capitalista internacional.

Artillería mediática

Inútil anteponer deseos o negarse a los hechos: la guerra ha comenzado. El despliegue militar estadounidense en el hemisferio está a la vista con la reactivación de la IVª Flota y la multiplicación de las bases terrestres que ya tendieron un cerco de acero sobre América del Sur. Pero si esos son pasos de una estrategia estrictamente militar para un futuro impreciso, hay otro terreno en el que la conflagración ya está desatada: la guerra mediática, peldaño imprescindible de un plan de ataque, consistente en destruir la imagen de los líderes de esta nueva gesta revolucionaria y crear una opinión pública anuente a la escalada bélica programada desde Washington. Con toda certeza, jamás el mundo ha asistido a una descarga publicitaria de tal magnitud e intensidad, comandada desde Washington y sincronizada en cada gran capital del mundo hasta el más pequeño poblado en cada país.
Acusar a Chávez como dictador desquiciado, a Fidel y Raúl como monstruos impiadosos a la cabeza de un régimen represor, a Evo como indio bruto que se acopla a los dictados de La Habana y Caracas no es únicamente un acto de vesanía y cinismo sin límites: es un paso imprescindible de intoxicación de masas en pos de la creación de una opinión pública mundial dispuesta a admitir que el aparato bélico del imperialismo se descargue contra estos pueblos.
La causa de esa necesidad de hierro para la plutocracia de Washington está a la vista: a 200 años de la gesta independentista, una oleada revolucionaria atraviesa el continente, gana más y más voluntades, abre un abismo entre Estados Unidos y los pueblos oprimidos y presagia batallas que, sean cuales fueren sus avatares y meandros, culminará con la derrota del imperialismo y la creación de un mundo nuevo. Como hace dos siglos, he allí al imperio malherido lanzando terribles zarpazos con furia irracional. Como hace dos siglos, sólo hay dos opciones.

Fuerzas irracionales desatadas

Por debajo de la conducta guerrerista de gobernantes del partido Demócrata, Barack Obama y Hillary Clinton, hay fuerzas objetivas que guían sus pasos. Hay que repetirlo: la crisis no ha terminado. El mismo aparato de tergiversación que denuesta a los líderes de Cuba y Venezuela convenció al mundo el año pasado de que el colapso sistémico de 2008 había sido superado. Nada más falso. Las sumas siderales de dinero ficticio volcadas al mercado para salvar Bancos y revertir caídas bursátiles no torcieron un milímetro lo esencial de la tendencia: la caída de la tasa de ganancia se acentuó; la desocupación aumenta sin pausa; la sobrecapacidad de producción y las mercancías excedentes, en todos los rubros, empujan hacia una nueva fase de la crisis, en la cual el eje no será ya el ámbito financiero sino lisa y llanamente el terreno de la producción. Futuros estallidos –anunciados esta vez por numerosos publicistas del capital, empeñados en no perder la oportunidad de lucirse, como les ocurrió dos años atrás– ya no serán el reflejo distorsionado de la crisis estructural en el mundo financiero, sino la traducción directa en el plano de la producción. La recesión tenderá con más potencia a transformarse en depresión. Y esto ocurrirá nuevamente con epicentro en el mundo altamente desarrollado: el proletariado de los países avanzados estará compelido a la lucha por la fuerza irracional de la crisis capitalista. Las turbulencias en Grecia, la fractura de la Unión Europea frente a ese episodio –que en el terreno informativo ha ocultado desequilibrios aún mayores en España, Portugal, Irlanda e Italia– es un tibio adelanto de lo que viene gestándose en las economías mayores de la UE: Alemania y

Francia.

El FMI recupera su lugar de comando en la aplicación de medidas paliativas en función del capital de mayor envergadura en los centros imperialistas. Pero esas medidas no pueden sino glosar la única respuesta que tiene el capital frente a su crisis estructural: despidos masivos, reducción del salario real, aumento de los ritmos de trabajo, disminución drástica o directa abolición de todos y cualesquiera beneficios obtenidos por los trabajadores a lo largo de la segunda mitad del siglo XX; presión a la baja de las materias primas. En la medida en que estas políticas pueden ser inicialmente aplicadas por la ausencia de una clase obrera para sí (consciente de su lugar en la sociedad y organizada para ocuparlo), la coyuntura podrá nuevamente ser manejada durante un breve lapso por los estrategas del capital. Sin embargo, esos paliativos, por lo mismo que contribuyen al ahorcamiento de la demanda, sólo pueden acelerar la marcha hacia la depresión. El hecho de que el epicentro de este fenómeno esté en los países imperialistas, por ignorancia o intención perversa ha llevado a no pocos teóricos y dirigentes políticos a sostener que las economías mayores del mundo no desarrollado pueden no sólo eludir el impacto del colapso, sino incluso ser aprovechado para conquistar un lugar predominante en un nuevo diseño económico mundial. Semejante ilusión no sólo carece de fundamento, sino que desarma por completo a los pueblos y las clases trabajadoras de esos países: el mercado mundial es uno; si se desmoronan sus estructuras más elevadas, el conjunto quedará inexorablemente sepultado por los escombros. En medio de la depresión, el mecanismo comercial planetario de mayor efectividad son los ejércitos imperialistas. La lógica intrínseca de la crisis es la marcha hacia la guerra. Basta mirar en derredor, observar los sucesivos periplos de la Sra. Clinton, para comprobar que no se trata de un pronóstico agorero, sino de una realidad palpable. Sólo hay una manera de frenar esa dinámica tan objetiva e irracional como lo es el sistema que la engendra: cambiar las reglas del juego, abolir el sistema capitalista.

Desarrollo desigual

Esta es la coyuntura histórica en la que ocurre el Bicentenario. El rasgo distintivo principal no es que hoy América Latina retoma un combate independentista, sino que contiene y proyecta el único proceso que, en su desenvolvimiento, puede dar respuesta al colapso capitalista planetario. Pese a desigualdades entre los gobiernos de tal magnitud que pueden llevar a negar la existencia de un proceso conjunto en el área, existe un entrelazamiento, visible o subterráneo según los casos, que traza un curso general en sentido estratégico aunque no logra imponer un ritmo acompasado. De allí se desprende que las tareas de mayor envergadura son afirmar los procesos revolucionarios en marcha y encontrar los medios que permitan combinar aquellas desigualdades, so pena de que se impongan las fuerzas centrífugas y desbaraten el conjunto. La otra consecuencia obvia es que Estados Unidos en particular y el conjunto imperialista en general tienen, como imperativo de sobrevivencia, la necesidad de cercenar la cabeza de la revolución en América Latina. Se vuelve entonces al significado real de la ofensiva desatada contra Venezuela y Cuba: la manipulación y la mentira en escala jamás vista no hace sino traducir una necesidad intrínseca del capital en crisis. De la misma manera que éste debe bajar salarios aunque con ello produzca una caída de la demanda agregada, lo cual equivale a empujar más hondo el puñal que le parte el corazón, está obligado a falsificar, engañar y tergiversar, aunque la evidencia de los hechos reales redunde en inmediato debilitamiento del corpus ideológico ficticio tras el que esconde la conducta brutal de una fiera herida de muerte. Por eso la batalla de ideas está planteada de manera tal que es posible vencer sin ambigüedades al imperialismo.

Vª Internacional

Hay que darle crédito al informe de Fraser y entender sus preocupaciones. No cabe duda de que el gobierno de Hugo Chávez trata de limitar la injerencia estadounidense donde sea que tenga oportunidad de hacerlo. También es indudable que la Revolución Bolivariana sigue comprometiéndose con la región y lo hace en pos de lo que el subordinado de Obama denomina “su agenda socialista”. Pero hay más aún: pese a la multiplicidad de dificultades internas, inmensas como cordilleras, Chávez ha lanzado la consigna de articular y recomponer fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en una nueva Internacional. Semejante intuición estratégica obra como una descarga eléctrica de 50 mil voltios en la estructura mental del jefe del Comando Sur (¡y no sólo la suya!). Ese llamado obtuvo de inmediato respuesta positiva desde las fuerzas responsables de la conducción políticas en los procesos revolucionarios del continente, así como innumerables destacamentos anticapitalistas con mayor o menor gravitación numérica en cada punto del planeta. En el umbral de una instancia dramática para la historia de la humanidad, comienza así un camino de recomposición revolucionaria a la escala de las exigencias planteadas. Durante las celebraciones del Bicentenario en Caracas, en el marco de una consistente aceleración de la Revolución Bolivariana en la transición hacia el socialismo, coincidirán en la segunda quincena de abril la conclusión del Congreso extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela, los preparativos para iniciar la conformación de una Vª Internacional, la cumbre del Alba y una cantidad de reuniones a nivel presidencial de los miembros de Unasur. Allí se jugará la suerte también de otra conquista formidable: la consolidación de la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe, una OEA sin Estados Unidos que por su sola proclamación prueba la dinámica de retirada política de Washington. Esa fragua portentosa de ideas y programas es la manera más genuina y vital de honrar la memoria de aquellas vanguardias del pensamiento y la acción, que en 1810 comenzaron a andar el largo camino de la libertad.

Por Luis Bilbao.
Director de la Revista America XXI

viernes, marzo 12, 2010

Cochabamba: centro de debate y compromiso con la Madre Tierra



Pachamama: declarado por la ONU como Héroe Mundial Defensor de la Madre Tierra, el presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma será el anfitrión de un encuentro que reunirá en la ciudad de Cochabamba a no menos de dos mil delegados. Se trabaja sobre temas como Causas Estructurales; “Vivir bien” en armonía con la Naturaleza; Derechos de la Madre Tierra; Referendo sobre Cambio Climático; Tribunal sobre Derecho Ambiental; Refugiados Climáticos; Pueblos Indígenas; Deuda Ambiental; Protocolo de Kioto; Compromisos de Reducción de Emisiones; Financiamiento y Transferencia de Tecnología. También se realizarán eventos plenarios y conferencias, que concluirán el 22 de abril, Día Mundial de la Madre Tierra.
Ante el fracaso de la Cumbre Mundial sobre el Cambio Climático, realizada en Copenhague en diciembre pasado, el presidente de Bolivia, Evo Morales Ayma, junto a organizaciones populares de los cinco continentes, jefes de Estado y expertos científicos de reconocimiento internacional, ha convocado a la nueva cumbre que se realizará en Cochabamba, del 19 al 22 de abril próximo.
Esta reunión, denominada Primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, demandará el reconocimiento de la organización de las Naciones Unidas, como instancia superior, para hacer que las resoluciones que se adopten sean imperativas a los países miembro.
Si bien todas las regiones del planeta están siendo golpeadas por los cambios climáticos, es en América Latina y el Caribe donde se han presentado situaciones de catástrofe social y ecológica. La cordillera de Los Andes, que atraviesa Sudamérica, está perdiendo rápidamente sus cualidades glaciares; el gigante Amazonas reduce regularmente sus zonas verdes; el Acuífero Guaraní es amenazado, mientras que en el Caribe y la costa del Pacífico se acentúan las presiones sobre las poblaciones que viven en las costas marítimas por el azote de los temporales.
Aprovechando su liderazgo internacional y las relaciones con organizaciones de todas partes del mundo, Morales ha planteado reunir a más de dos mil delegados con el objetivo de aprobar una Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra y un Plan de Acción Mundial destinado a impulsar y ejecutar políticas que mitiguen los alcances mortales de los cambios climáticos que están afectando fuertemente a la población mundial, en particular a la que habita en las regiones más pobres del planeta.

Denuncias

Durante la cumbre en Dinamarca, los presidentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia, denunciaron que las potencias industriales capitalistas, junto con China e India, son las responsables de los más altos niveles de contaminación y producción de elementos que provocan el calentamiento global.
Los temas a ser abordados en la reunión de Cochabamba están marcados por una fuerte tendencia a denunciar a los responsables de la catástrofe que se avecina para la humanidad: las potencias imperialistas afectan rudamente los equilibrios ecológicos, destruyen la naturaleza con la finalidad de conseguir mayores ganancia y lucro, mayor extracción de los recursos naturales e incentivan el alto consumismo que practican sus insaciables poblaciones.
Los expertos y científicos tendrán a su cargo el análisis sobre las causas estructurales de los cambios climáticos y el calentamiento global, las acciones de reducción y mitigación necesarias para evitar las situaciones extremas y las amenazas que acechan a la naturaleza bajo un destructivo modelo económico. Por su parte, los líderes políticos y los delegados sociales abordarán aspectos relacionados a los derechos de la Madre Tierra, la formación de un Tribunal Internacional de Justicia Climática, la Deuda Climática y las Migraciones Climáticas, que se convierten ya en un grave problema social. También se analizarán las negociaciones sobre responsabilidades y acciones a ser asumidas y la necesidad de realizar un referendo mundial sobre este tema.
De manera coordinada, las cinco organizaciones sociales y populares más grandes de Bolivia, la Confederación de Campesinos; la de Mujeres Campesinas; los Colonizadores y Cocaleros; las Juntas Vecinales y los Indígenas de Oriente y Occidente, convocaron a masivas concentraciones y manifestaciones durante la realización de la Cumbre. Paralelamente, en varias partes del mundo se realizarán actividades similares como respaldo a una política alternativa sobre Cambio Climático.

El liderazgo de Evo Morales

El presidente boliviano consiguió apoyo internacional para su iniciativa climática como alternativa a las propuestas de las potencias industriales. A través de visitas a países de los cinco continentes y en su encuentro con delegados de organizaciones indígenas, en enero pasado en Tiawanacu, cuando asumió la presidencia por segunda vez respaldado por el 64% de votos, Morales tiende a consolidar un movimiento mundial en defensa de la naturaleza.
En su reciente visita a México, en ocasión de la Cumbre de Río y el Caribe, el 23 de febrero, Morales se reunió en Coyoacán con delegados de 300 organizaciones campesinas, sindicales, indígenas y universitarias, que lo declararon “guía moral” de los pueblos por su propuesta de defensa de los Derechos de la Tierra.
Al respecto, las Asambleas Constituyentes de Ecuador, especialmente, y Bolivia, han incorporado a sus Cartas Magnas una serie de disposiciones que establecen derechos específicos de la naturaleza, considerada como el fundamento de la vida humana y la necesidad de evitar su destrucción, ya que esto significará la destrucción de la propia humanidad.
La Pachamama, o Madre Tierra, debe ser recuperada en sus equilibrios naturales, frente a la acción humana industrialista y consumista del capitalismo que la ha puesto en grave peligro, junto a la existencia misma de los seres humanos. En su posesión presidencial, Evo Morales recordó la declaración, en el siglo XIX, del jefe indio norteamericano Seattle frente al presidente de Estados Unidos: “no se puede vender la tierra y la naturaleza porque es como vender a la propia madre”.

Desde La Paz, Eduardo Paz Rada

domingo, marzo 07, 2010

Dudas y certezas después de ocho años de gobierno Lula


Por Luis Bilbao

Balance: en 1989, cuando Lula disputó por primera vez la presidencia, Estados Unidos esperó su derrota para invadir Panamá. Por estos días y con razones análogas, trabaja para que el PT pierda las elecciones del 3 de octubre. Por sobre cualquier valoración del gobierno de Luiz Inácio da Silva, la victoria de la oposición burguesa a su gobierno abriría el espacio para que los estrategas de Washington puedan continuar con sus planes guerreristas para la región. Dos períodos de gobierno petista en Brasil significaron un salto adelante en la historia de los de abajo. Sus logros sólo pueden ser desconocidos por ideólogos de la reacción. No obstante, al cabo de ocho años, aparte de no haber resuelto innumerables problemas básicos, el PT no fortaleció la estructura partidaria, no desarrolló un proceso de organización de masas con ejercicio concreto del poder, no ganó más espacio social en capas explotadas y oprimidas y, en consecuencia, no cuenta seguro siquiera el voto de la masa beneficiada por su gobierno. El saldo de Lula está en suspenso. Resta saber si la inteligencia política y la visión estratégica de la dirección petista apuntan en la dirección correcta para dar continuidad positiva. Invitado en su condición de militante político, el director de América XXI participó del Congreso del PT; lo que sigue es su despacho desde Brasilia. También se reproduce textual y completa la resolución sobre táctica electoral y política de alianzas.
Inequívocas conquistas. Inabarcables compromisos pendientes. Temores sobre la respuesta ciudadana en la elección presidencial de octubre próximo. Tales los sentimientos entrecruzados de los 1350 delegados al IVº Congreso del Partido dos Trabalhadores (PT), cuya tarea principal consistió en designar la candidatura presidencial y sancionar formalmente la decisión de concurrir a la crucial disputa en alianza con un antiguo adversario, a menudo feroz: el Partido do Movimento Democrático do Brasil (Pmdb), que ocupará el segundo lugar en la fórmula. En ese cruce de caminos el PT celebró sus 30 años de vida.
Es notoria la diferencia de este encuentro con tantos otros que, desde su fundación el 10 de febrero de 1980, fueron trazando la historia del PT. No se percibe la abrumadora presencia obrera, sindical y juvenil de entonces. Los debates entre las diversas tendencias continúan siendo duros –y como siempre cuidadosos de la unidad– pero son escasos y circunscriptos; sobre todo, tienen otro contenido. Pese a que la victoria electoral no está garantizada, los delegados no discutieron con qué programa ganar el alma de tantos millones de brasileños que sufren la desigualdad extrema de este país. En cambio, como principal cuestión ante las elecciones se debatió –muy poco, con acuerdo previo largamente hegemónico– la decisión de dar un paso histórico para el PT: una alianza electoral con el Pmdb.
En el Palacio de Convenciones de Brasilia impactaba sobre todo la falta de ardor en la militancia, el espíritu radicalmente diferente a encuentros del pasado que emanaba de esta reunión, acaso dominada por dos sentimientos a todas luces evidentes: el orgullo por las grandes conquistas alcanzadas en ocho años de gobierno y la presunción de que algo fundamental, algo que se lleva muy hondo en el corazón y la conciencia, incluso sin saber expresarlo, ya no envaraba y proyectaba las ilusiones de los delegados. No es difícil aprehender las causas de esa diferencia. En junio de 1989, en los prolegómenos de la primera gran contienda electoral en la que Lula sería candidato, 600 delegados al 6° Encuentro votaban alborozados, con una poderosa energía ausente en este Congreso, un documento que decía: “El PT no cree en la posibilidad de una etapa de capitalismo popular (...) El binomio cambios económico-sociales radicales y democracia, es la clave para construir un bloque mayoritario capaz de llevar a Lula a la presidencia”. Hoy, la mayoría de los delegados traga con dificultad una afirmación curiosa: el próximo período será de “post-neo-liberalismo”, fórmula que, aparte su falta de sustento teórico, no parece apta para despertar grandes pasiones y esperanzas. Ironías de la historia: el imponente lugar de sesiones lleva el nombre de Ulyses Guimaraes, el veterano líder democrático burgués que a la cabeza del MDB, principal formación política durante la dictadura y el primer período posterior, enfrentó a Lula en 1989. Era la primera vuelta de la primera elección directa de Presidente; y en aquella oportunidad el MDB obtuvo el 4% de los votos. El único Partido de la burguesía quedó vaciado por el poderosísimo influjo del PT, el cual en la segunda vuelta no alcanzó el gobierno sólo por una formidable operación de último momento urdida por el gran capital local e imperial, que inventaron un candidato de utilería y apelaron maniobras sin ahorrar bajezas para arrebatar la victoria segura de aquel partido, entonces recién nacido y con un candidato que simbolizaba la irrupción del proletariado paulista en la política brasileña. Tres décadas después, el fallecido Guimaraes, a quien todos y en primer lugar él mismo consideraban el inevitable presidente después de la dictadura, podría regodearse al ver que el PT recurre, para intentar ganar la próxima elección, a su partido renacido de las cenizas pese a inenarrables acusaciones de corrupción. Con todo, las ironías que podría lanzar Ulyses quedarían muy por detrás de las invectivas lacerantes que con certeza habría esgrimido Leonel Brizola, del Partido Democrático Trabalhista (PDT, socialdemócrata), otro líder histórico que vio destruidas sus ilusiones de ser Presidente por la entrada violenta en el escenario de un obrero metalúrgico y desde entonces, incluso obligado a apoyar al PT en varias circunstancias, lanzó los más envenenados dardos imaginables contra Lula. Ocurre que la candidata designada ahora por el PT, Dilma Rouseff, era militante del PDT, del cual se apartó recién en 1990, para integrarse al gobierno estadual del petista Olivio Dutra en Río Grande do Sul.

Conquistas de dos períodos presidenciales Empresas

Consultoras de toda filiación subrayan un hecho impactante: más del 80% de la población brasileña respalda a Lula. No hubo dirigente que en su exposición omitiera ese dato, revelador sin duda del resultado político de su gestión. Tras ese recado, los oradores defensores de la tendencia mayoritaria desgranaban otros datos contundentes: 20 millones de personas salieron de la pobreza; 350 mil familias campesinas fueron asentadas; 215 mil jóvenes están cursando en escuelas técnicas que pasaron de 140 a 354, mediante la inversión de 1.100 millones de reales; la inversión en programas sociales alcanzó los 33 mil millones de reales, un aumento del 189% en relación con el período anterior; se crearon 11 millones de empleos; la inflación cayó para ubicarse en torno del 4,5%; el PBI creció a un promedio del 3,1% anual, contra el 2,1% del período anterior; la moneda se revaluó positivamente frente al dólar; las reservas en divisas pasaron de 37.800 a 236 mil millones de dólares. Y un dato que numerosos expositores, incluida Dilma en su discurso de aceptación de la candidatura, presentaron como símbolo del éxito petista: cuando asumió Lula, Brasil debía 14 mil millones de dólares al FMI; ocho años después, es el FMI quien debe 14 mil millones a Brasil. Fueron subrayados igualmente los éxitos del gobierno PT en materia de política internacional, resumido con una imagen apropiada: hasta ahora, en el mundo Brasil era sinónimo de Pelé; ahora el símbolo nacional es Lula. Otro resultado reiterado fue el de haber cambiado la realidad energética de largo plazo al hallar reservas petrolíferas por 60 mil millones de barriles. Con legítimo orgullo, los dirigentes y el propio Lula en sus dos intervenciones aludieron una y otra vez a la política de integración latinoamericana y de aproximación a áfrica, así como al Bric (Brasil, Rusia, India y China) y al bloque de India-Sudáfrica-Brasil. Un lugar especial ocupó la reiterada reivindicación del papel de Brasil como país rector de la Minustah, la fuerza militar de intervención en Haití. Y aquí otra vez aparece la diferencia con los congresos del PT anterior: no hubo voces que desafiaran el significado de congratularse por ser acreedores del FMI o de encabezar la fuerza militar de intervención en Haití.
Campesinos sin tierra, favelados, trabajadores con paga mínima y millones de marginalizados podrían poner en contexto la contundencia indiscutible de aquellas cifras, que incluyen la asistencia alimenticia a unos 11 millones de habitantes, lo cual significa, nada menos, que esa masa humana ha dejado de sufrir los horrores del hambre. Brasil, el país de los grandes contrastes en su geografía y en la condición social de sus 200 millones de habitantes, transfunde esas contradicciones a las venas del partido gobernante y produce en su organismo una dicotomía dolorosa, a partir de la cual entra en un ángulo sombrío la valoración del saldo final.

Apuesta por el capitalismo

“El gran desafío (...) exige pensar en transición directa al desarrollo sustentable. Dentro de esta perspectiva deben ser elaboradas las Directrices y el Plan de Gobierno del PT 2011-2014”, dice la resolución votada. Y agrega: “La alternativa practicada por el gobierno Lula de desarrollo con distribución de renta, fortalecimiento del mercado interno, inversión estatal y apoyo estatal para la formación de grandes empresas nacionales, integración en el mercado en un nuevo orden económico internacional con competitividad y la preocupación con los activos ambientales, fue fundamental y necesario para impulsar el crecimiento económico y garantizar conquistas sociales”. Y más adelante precisa la idea: “El objetivo estratégico es transformar a Brasil en un país desarrollado, con indicadores de bienestar social aproximados a la media de los países desarrollados e indicadores de sustentabilidad ambiente superiores a la media de los practicados por los países de la Ocde”.
No es necesario abundar en citas para extraer la sustancia de la resolución aprobada por el Congreso para fijar las líneas de un próximo gobierno petista: sin rodeos se asume la perspectiva del capital para afrontar la inmensa tragedia social de este país continente. Incluso un joven dirigente estudiantil que con tono enfático denunció la deserción del 70% de los estudiantes secundarios, dejó implícita su convicción de que ese flagelo se resolverá con voluntad política –que descuenta, con todo fundamento– del PT y su eventual próximo gobierno. Ensanchar la base del mercado y tonificarlo integrando a millones de excluidos, aminorar las abismales distancias en la distribución de la renta, crear grandes empresas nacionales que ganarán espacio en su ámbito natural, América Latina, son los ejes de la estrategia asumida. En los hechos, esta concepción fue asumida antes de la primera victoria de Lula.
Es la reaparición, implícita, del gran debate: reforma o revolución. No hay diferencia alguna entre las opciones de, por ejemplo, el Partido Socialdemócrata Alemán a comienzos del siglo XX, y las que ahora atraviesan al PT. Y la resolución no deja lugar a dudas: se trata de reformar el capitalismo. Por eso la crisis mundial del sistema es una cita suelta en los textos congresales. La opción busca afanosamente respaldo teórico y allí se halla la causa de otro dato sobresaliente de la realidad actual del PT: la escualidez de su producción teórica, que permite afirmaciones tales como “el mundo está ante una etapa histórica de post-neo-liberalismo”. Puede que resulte difícil entender el significado preciso de tal afirmación. En cambio, es claro lo que deja como conclusión negativa: el socialismo no es la tarea para el próximo período histórico. El vuelo teórico de tales argucias está a la altura del objetivo que se proponen. Y requiere de intelectuales a la medida, lo cual viene a explicar otra diferencia del actual PT: el vaciamiento de figuras de relieve y consistencia teórica en sus filas.
Un dato significativo, abierto a múltiples posibilidades, está dado por las características del nuevo presidente del PT, Eduardo José Dutra. Ex senador y ex presidente de Petrobras, Dutra inauguró su período con un discurso sincero, en el cual hizo una encendida defensa de la historia del PT, reivindicando incluso a las figuras transformadas en blanco de todas las injurias por la prensa burguesa. Simultáneamente, Dutra exaltó la tradición partidaria y reivindicó la opción desarrollista en alianza con el Pmdb. El nuevo presidente petista subrayó que había sido elegido por el voto directo de unos 500 mil afiliados. No es pequeña victoria, después de la crisis partidaria. No obstante, vale recordar que en 1989 el PT tenía unos 800 mil afiliados. Y que en relación con los 200 millones de habitantes de Brasil, y aun en términos absolutos, en comparación con el Partido Socialista Unido de Venezuela, que cuenta con más de siete millones de afiliados y un activo permanente de alrededor de un millón y medio de militantes, el PT ha dejado de ser el partido de mayor envergadura en el continente. Como sea, las cartas están echadas: ésa es la estrategia asumida formalmente por el PT. Las izquierdas que de manera más o menos consciente y adecuadamente se apartaron en los últimos años de esa orientación, no lograron conformar ni en la teoría ni en la práctica una opción valedera frente a la deriva de la dirección partidaria encabezada por Lula. Las tendencias revolucionarias que aún se mantienen disciplinadamente en el partido, no pueden sino sumarse a la fuerza predominante. Hasta cierto punto, una excepción a esta regla reside en el Movimento Sem Terra. Por todo un período, mientras la realidad mundial y local no dé lugar a nuevas oleadas de protagonismo de los trabajadores, desde el gobierno o la oposición el PT regirá la marcha las luchas sociales en Brasil.

Candidata inesperada

Sin desmedro de sus ostensibles y reconocidas condiciones, Dilma no era la candidata natural del PT. Sólo el violentísimo golpe moral y político sufrido por este partido en 2005 pudo poner fuera de juego a, por lo menos, una docena de líderes fundadores de esta fuerza política excepcional. Aquella situación, de la cual se ocupó en detalle América XXI en su edición de septiembre de 2005, dio lugar a una ofensiva impiadosa del gran capital financiero e internacional, apuntada a quebrar la columna vertebral de este partido obrero.
Por sobre cualquier juicio de valor, aquellos destacados militantes tenían no sólo el derecho histórico de ocupar el privilegiado lugar, sino la oportunidad (y, en más de un sentido, la necesidad), de mantener una línea de continuidad con los postulados originarios del PT. Pero hechos de inocultable corrupción extrema, tomados como catapulta por los medios y los partidos del capital, pusieron a Lula a la defensiva y arrasaron con aquellos cuadros dirigentes. El episodio debilitó de manera brutal los cimientos sociales del PT, cargándolo con un desprestigio extendido que aún gravita ostensiblemente en la sociedad brasileña. La misma opinión pública que entroniza hoy casi sin barrera de clases la figura de Lula, denuesta al PT, lo cual constituye una pesada y peligrosa carga para la campaña electoral. En ese cuadro la decisión de Lula, sancionada por el Congreso, de escoger a Dilma Rouseff como candidata, priva a la oposición de armas potencialmente letales para la campaña, además de colocar un factor potencialmente positivo para la contienda: una mujer como candidata.
De hecho, según las encuestas Dilma tenía en diciembre un 17% de aceptación y subió al 25% en las últimas mediciones. Antes de comenzar la campaña, el candidato del Partido Social Democrata Brasileiro (Psdb), José Serra, aún no proclamado formalmente, le lleva 10 puntos de ventaja. El peso de Lula en campaña y, precisamente, el “factor mujer” como novedad electoral, sumado al respaldo objetivo de las conquistas alcanzadas en ocho años, puede darle una nueva victoria al PT en octubre. Pero esa posibilidad, está todavía lejos de ser una certeza.
La victoria del PT no sólo es del interés de las fuerzas revolucionarias de la región. Todas las formaciones de carácter democrático, conscientes de la inmensa amenaza a la paz y la institucionalidad burguesa que implica el cerrojo militar estadounidense en el hemisferio, tienen igualmente el mismo interés objetivo. La sola existencia de un gobierno petista pone una barrera al desenfreno imperialista. Aunque el Psdb representa con mayor genuinidad los intereses del gran capital industrial brasileño y, por lo mismo, no cambiaría vectores fundamentales de la política internacional brasileña, sería sin duda más vulnerable a las tremendas presiones que Estados Unidos y la Unión Europea ejercen sobre el gobierno del Planalto. Se trata de la base social objetiva de uno y otro partido. Las ambigüedades del gobierno Lula se transformarían en concesiones mayores a la voluntad geopolítica de Washington. Y esto redundaría en la apertura de la grieta que afanosamente busca el imperialismo para clavar una cuña en el corazón de América Latina.

Desde Brasilia

jueves, febrero 18, 2010

Adiós querido profesor Kimel


Quiero dejar mi más sentido dolor plasmado en este espacio por la muerte del periodista Eduardo Kimel y, fundamentalmente, transmitir lo importante que ha sido este valiente hombre para los hombres de prensa.
“Muchachos tengan siempre presente que ustedes son trabajadores, eso somos los periodistas”, ésta es una de las últimas frases que le escuche decir a Eduardo en las viejas aulas del Instituto Grafotécnico.
Y eso fue siempre Eduardo un gran trabajador, luchador y defensor de la prensa Argentina y la libre expresión
Kimel fue mi profesor de técnica periodística en el último año de mi carrera, pero por sobre todas las cosas un amigo que me enseñó a sobrellevar los malos tragos de la vida.
Profesional y riguroso con la profesión así era Eduardo con sus alumnos, aunque compartir con él un café, una pizza en la avenida Corrientes era cuestión de casi todos los días para los alumnos del grafo.
El profe falleció a los 57 años de edad en una clínica de Buenos Aires, donde había sido internado por una descompensación relacionada con una enfermedad renal que lo aquejaba desde hacía varios años.
La Secretaría de Derechos Humanos expresó su profundo pesar por el fallecimiento de Kimel, "un ferviente defensor de la libertad de expresión" y destacó la publicación de su libro "La masacre de San Patricio", en el que investigó el asesinato de tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas durante la última dictadura militar.
Además, a través de un comunicado, la Secretaría resaltó que "la lucha judicial de Kimel por hacer efectivo el derecho a la información fue decisiva para que durante el año 2009 se convirtiera en ley la eliminación de los delitos de calumnias e injurias, en casos de interés público".
Kimel se desempeñaba desde abril de 2008 como editor de información latinoamericana de la agencia alemana de noticias DPA, en Buenos Aires, después de haber trabajado varios años en la sección Internacional de la agencia Télam, donde se desempeñó con marcado profesionalismo en coberturas tanto nacionales como en el exterior.
En 1989 publicó el libro "La masacre de San Patricio", en el que abordó el asesinato de tres sacerdotes palotinos y dos seminaristas a manos de la última dictadura (1976 a 1983) y en el cual denunció la actuación de las autoridades encargadas de la investigación, entre ellas el juez Guillermo Rivarola.
Seis años después, en 1995, Kimel fue condenado a un año de prisión en suspenso y al pago de una indemnización de 20.000 pesos (por entonces igual a dólares) como culpable de "injuria y calumnia" por una denuncia del juez al que mencionó en su investigación.
"Este proceso fue muy largo pero valió la pena. No por una cuestión personal, sino por lo que tiene que ver con la memoria colectiva. En estos años hubo muchos compañeros que me acompañaron", señaló Kimel en 2007 al presentar su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que finalmente en 2008 falló a su favor en la apelación que presentó contra el Estado argentino.
En ese mismo ámbito y en esa ocasión, recordó especialmente a su fallecida esposa Griselda Kleiner. "Ella estuvo al lado mío, jamás me abandonó. Era una luchadora social, cordobesa, protagonista del `Cordobazo`", rememoró.
Andrea Pochak, abogada de nuestro colega y compañero, y directora ejecutiva adjunta del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), se mostró muy golpeada al enterarse de su fallecimiento.
"Lamento profundamente esta pérdida. Era un luchador por la libertad de expresión en el país. Su caso deja un gran legado en ese sentido. Era un hombre comprometido con la verdad y con la profesión".
El velatorio se realizó en Acevedo 384, en el barrio porteño de Caballito, y el entierro tuvo lugar en el Jardín de Paz de la localidad bonaerense de Pilar.
Querido profesor gracias por su legado y su amistad, su alumno de Ameghino, del que tanto se reía usted lo recordará por siempre. "Che, Juan, ¿en Ameghino hay autos o se movilizan a caballo? sabia bromear. Adiós Maestro.

Juan Mansilla. (Fuente TELAM)

martes, febrero 09, 2010

América Latina no gira a derecha



Por Luis Bilbao

Es posible hallar en la tragedia de Haití el símbolo de un volcánico desplazamiento de clases y partidos a lo largo del continente, remezón obligado del seísmo que, en 2008, derrumbó el sistema financiero internacional. No es necesario forzar esa misma imagen para señalar que Estados Unidos responde a la ruptura del statu quo hemisférico con el mismo criterio estratégico según el cual Barack Obama envió 16 mil soldados a la isla caribeña. El hecho es que en cada país se observa un realineamiento de dirigencias, partidos y organizaciones sociales. Así, el bicentenario coincide con el inicio de una era signada por el colapso del sistema capitalista y su traducción en el mapa político continental. Las clases fundamentales de la sociedad se deslizan hacia uno u otro ángulo del arco político, la más de las veces de manera inconsciente. Nuevas y antiguas expresiones de las tendencias objetivas que empujan y simultáneamente frenan la dinámica de convergencia regional, traducen por estos días en sus avatares un complejísimo polígono de fuerzas sin resultante predecible. El futuro está, como pocas veces en la historia, a la espera de una formidable prueba de fuerzas entre la irracionalidad y la inteligencia, entre la brutalidad de cenáculos enceguecidos y el acervo más lúcido y generoso de las luchas sociales en los dos últimos siglos.

Dialéctica y desarrollo desigual

Mientras tanto, Unasur, instancia de extraordinaria potencia, fue afectada por el efecto disgregador ya desde fines de 2008, cuando los gobiernos de Brasil y Argentina resolvieron afrontar el colapso capitalista desde la perspectiva del G-20, es decir con la estrategia estadounidense. El Mercosur, paralizado por un conjunto de razones económicas y políticas en el último quinquenio, no sólo no logra consumar la incorporación de Venezuela, sino que es cada vez menos eficiente en su mezquino cometido primigenio: el de instrumento facilitador para el intercambio comercial. El Pacto Andino es ya prácticamente inexistente. La Organización de Estados Centroamericanos, a partir del golpe en Honduras y la victoria derechista en Panamá, está siendo manipulada con un único objetivo: rodear, ahogar y aplastar a Nicaragua. Al margen de otras implicancias, el resultado electoral en Chile afectará adicionalmente a Unasur. Junto con Colombia y Perú, este país conforma ahora un bloque formalmente alineado con Estados Unidos y obrará como Caballo de Troya en el concierto de los 12 países de la Unión de Naciones Suramericanas. Un segundo bloque dentro de Unasur se desgarra entre la toma de distancia frente al guerrerismo estadounidense y la subordinación a sus dictados económicos. Cumpliendo con una ley de hierro del desarrollo histórico, el movimiento convergente que signó la última década se descompone en numerosas tendencias posibles y, a partir de la solución de continuidad en ese proceso, establece las bases para retomar el impulso en un plano superior, seleccionando y redefiniendo a los actores del nuevo momento histórico. No faltan quienes interpretan esta instancia de la dialéctica histórica como un “retorno de la derecha” en América Latina. Craso error, fruto de la confusión entre deseo y realidad, o de concepciones reformistas que, amarradas a la lógica formal, se resisten a asumir lo obvio: la crisis desgarra la sociedad, polariza a las clases, atrapa a dirigentes y partidos y los arroja a un torbellino donde sólo por excepción consiguen afirmarse y orientarse.

Los hechos y la mirada

Pero no se trata de interpretaciones complejas. Se ve a la luz del día que en ningún país de América Latina hay un movimiento de masas con el menor signo de identificación con estrategias contrarrevolucionarias. Todo lo contrario es verdad; al punto que las fuerzas reaccionarias están obligadas a camuflarse con discursos progresistas. Los ejemplos de candidatos que en Venezuela intentaron ganar votos retomando consignas de la Revolución Bolivariana, fueron y serán reiterados por el Departamento de Estado. Esas tácticas impuestas por Washington prueban que los estrategas del imperialismo no estiman que las masas estén girando a la derecha, aun cuando la rémora histórica de confusión, desideologización y desorganización, a menudo las deje inermes frente a maniobras electorales de personas y partidos inescrupulosos. Es verdad que partidos y dirigencias que han podido aparecer como expresiones populares de estrategias progresistas están girando a la derecha. Es verdad también que en tales circunstancias, propuestas travestidas de la ultraderecha pueden lograr circunstancialmente ventaja electoral. Pero no es la superestructura política la que marca el curso de la historia. Ala inversa, la etapa que atravesamos está signada por una radicalización de masas muy profunda en todo el hemisferio, desdibujada acaso por la enorme desigualdad en grado y ritmo en cada país, pero evidente tanto en sus picos de mayor militancia (Venezuela, Bolivia, Ecuador), como en países donde los reclamos sociales no han logrado elevarse al plano de la lucha política pero se expresan, de todos modos, arrastrando imperceptiblemente a quienes se suponen gobernantes y resquebrajando instituciones e instrumentos tradicionales de las clases dominantes.

Fascismo y socialismo

Para salir de esta fase e ingresar en otra donde esté planteado un cambio del sentido histórico en el que marcha América Latina, las burguesías y el imperialismo deben infligirle a los pueblos derrotas aplastantes, estratégicamente decisivas, sólo dables mediante la fuerza militar. Pero he allí otro dato crucial de la etapa: las burguesías no pueden confiar en las fuerzas armadas de cada país para establecer gobiernos de fuerza en choque frontal con trabajadores, campesinos y juventudes. El recurso al que pueden apelar es el del fascismo, entendido en el sentido estricto de esta categoría: organización de sectores de masas para ejercer la violencia contra las franjas más conscientes, organizadas y en lucha de las clases explotadas y oprimidas. Sin duda el imperialismo y sus delegaciones locales están encaminados en esa dirección. Sin duda cuentan con decenas de millones de seres humanos arrojados a la marginalidad, la ignorancia y la desesperación, para intentar hacer de ellos una fuerza de choque salvaje contra el conjunto social. No es menos evidente que en Honduras se han apuntado un tanto a favor (aunque sería un error calificarlo como triunfo: allí la prueba de fuerzas recién comienza). Yva de suyo que en Chile se revela adónde llevan las políticas reformistas cuando no existe la fuerza suficiente para llegar a las mayorías con una propuesta revolucionaria efectiva. Pero confundir esto con la idea de que en Brasil y Argentina –para tomar dos casos sobresalientes– la estrategia imperialista y/o las expresiones políticas de la ultraderecha local pueden cambiar en esta fase histórica las relaciones de fuerza, al punto de imprimir a estos países un giro a derecha, en franco choque con la marcha emprendida en Venezuela, Bolivia y Ecuador, implica, repetimos, confundir deseos con realidad o mostrar el típico pavor reformista frente a la opción por la revolución, por la necesidad objetiva y perentoria del socialismo. Basta poner el pensamiento en la ceremonia de asunción del nuevo mandato de Evo Morales, el 22 de enero pasado, vencedor con el 64% de los votos, cuando fueron enviados al museo los atributos del poder del “Estado liberal y colonial”, como lo calificó el vicepresidente Álvaro García Linera. Basta ver la radicalización acelerada de la Revolución Bolivariana, respaldada cada día por sectores más amplios de las masas. Basta ver la aceleración de la Revolución Ciudadana y el vigor con que se replantea la organización de una fuerza política de masas en Ecuador. Pero los gobiernos de esos tres países son parte del Alba, desde donde se proyecta hacia toda América Latina y el Caribe (y más allá, mucho más allá, como quedó a la vista en Copenhague), la neta confrontación planteada por una respuesta socialista a la crisis capitalista. Es comprensible que gobiernos y dirigentes atrapados por sus propias vacilaciones y compromisos, amenazados por derrotas electorales o incluso por demandas generalizadas de las masas, agiten el fantasma de una ultraderecha en marcha victoriosa. Pero se trata de un eslabón más en la cadena de la manipulación. Tal rotunda afirmación no habilita al facilismo y mucho menos a la irresponsabilidad: el enemigo es poderoso, brutal, irracional pero a la vez inteligente e implacable. Exige por tanto la búsqueda de todas las formas de frente único. En todo caso, no hay salida sin comprender que América Latina hoy no se desplaza a la derecha. Es que la crisis deja sin respuesta posible a quienes sueñan con reformar el capitalismo. En tales circunstancias los únicos representantes posibles del capital son aquellos dispuestos a asumir sin rodeos, en todos los terrenos, la estrategia imperialista. Yen la misma medida en que no existan fuerzas con raigambre social y definiciones socialistas, queda espacio para aventureros de todo tipo en reemplazo de los partidos que el capital ya no tiene. Incluso los casos donde tales francotiradores den en el blanco se inscriben en una realidad de signo contrario: una etapa de convergencia regional en un plano cualitativamente más elevado, expresada en el Alba, que contiene, supera y proyecta todo lo avanzado mediante Unasur y las demás instancias regionales, a las cuales, lejos de antagonizar, contiene y sostiene como expresiones vivas del desarrollo desigual. Más aún: el programa, la estrategia e incluso la propuesta organizativa del Alba están diseminadas en cada rincón del hemisferio, sin excluir a Estados Unidos.

La derecha chilena capitalizó el desgaste del oficialismo




Consecuencias: el multimillonario Sebastián Piñera obtuvo tres puntos de ventaja sobre el oficialista, Eduardo Frei. La paridad de fuerzas legislativas y el temor a mayores conflictos sociales obligaron al presidente electo a aclarar que no será de derecha y que el cambio de timón será moderado. El cobre estatal, las empresas propias y las relaciones con Venezuela ocuparon las polémicas primeras 48 horas de Piñera.

Cualquier desprevenido caería en una trampa: al próximo presidente de Chile le gustan Violeta Parra y Los Prisioneros; simpatiza con la Democracia Cristiana; en 1988 votó contra la dictadura de Augusto Pinochet; promete castigo para los delitos de lesa humanidad y sostiene que la integración de América Latina debe ir más allá de lo comercial. Pero la realidad no es lo que parece: Sebastián Piñera Echenique no representará a la izquierda chilena. Ni siquiera a la Concertación, la alianza que gobernó el país en los últimos 20 años. El futuro mandatario llega al gobierno como líder de una alianza de derecha que nuclea a las autodefinidas “nuevas generaciones” de la derecha tradicional con ultraconservadores pinochetistas. Piñera alcanzó el 51,61% de los votos en la segunda vuelta electoral celebrada el 17 de enero y le permitió a la derecha chilena retornar al poder y ganar la primera elección de la era pos Pinochet con el dictador ya muerto. La vencedora Coalición por el Cambio agrupa a los partidos Renovación Nacional y Unión Demócrata Independiente. Una encuesta de la consultora Mori reveló en la semana de la elección que la mayor parte de los votantes de Piñera defienden el régimen de Augusto Pinochet y a él lo identifican como “francamente conservador” con una puntuación de 8,9 en una escala en la que 10 es la extrema derecha. A partir del 11 de marzo, el multimillonario, doctor en Economía por la Universidad de Harvard, estará al frente de un Poder Ejecutivo que deberá lidiar con un Legislativo de difícil equilibrio numérico, político e ideológico. La Concertación tendrá 19 asientos contra 16 en el Senado. En Diputados la derecha tendrá 58 escaños, contra 54 de la Concertación. Pero habrá que sumar en el bloque opositor a tres diputados comunistas. Otros cinco legisladores –tres del Partido Regionalista y dos independientes– muy probablemente se sumen a las filas derechistas. Esta paridad de fuerzas legislativas lleva a estimar que el cambio de timón en el Ejecutivo será moderado o, en todo caso, negociado. Más aún, uno de los economistas cercanos a Piñera, Cristián Larroulet, declaró a los medios chilenos que su gobierno “no será de derecha”.

Lo que fue y lo que será

La derrota golpeó duro en la Concertación. Aquella misma noche de la elección, más de medio centenar de jóvenes ocuparon la sede de la Democracia Cristiana para exigir la renuncia de los jefes de esa agrupación y del Partido Socialista, los socios principales de la alianza. Los manifestantes –y buena parte de la población, según encuestas previas a la elección– achacan a la dirigencia que priorizó acuerdos de cúpula antes que la participación de las bases en la toma de decisiones. Ese descontento motorizó la figura de dos candidatos presidenciales escindidos del oficialismo: Marco Enríquez Ominami y Jorge Arrate, quienes lograron 20 y 6% de los votos, respectivamente, en la primera vuelta electoral. Pese a todo, en Chile se le reconoce ampliamente a la ahora derrotada Concertación de Partidos por la Democracia, haber garantizado una compleja transición institucional, política y económica tras la caída del régimen de facto de Pinochet. Si bien la economía se basó en el modelo liberal de la dictadura, con férreo control fiscal, flexibilización laboral y alta desigualdad en el reparto de la riqueza, se lograron una fuerte reducción de la pobreza y otros avances sociales dentro de un modelo de gestión basado en la Constitución Nacional dictada por Pinochet. Según cifras oficiales, el ingreso per cápita de los chilenos pasó de 4.542 a 14.299 dólares en los últimos 20 años; la proporción de pobres bajó desde un 38% en 1990 a un 13% en 2008, la mortalidad infantil bajó de 19 a seis decesos por cada mil nacidos y el déficit de vivienda se redujo desde el 17 al 3% de las familias. Pero ahora el desafío es cómo ser oposición de un gobierno que promete ser moderado, mantener y ampliar los planes sociales vigentes, no amnistiar a los asesinos de la última dictadura y eliminar la pobreza extrema. Es cierto que Piñera no prometió erradicar el modelo educativo de la dictadura, con poca injerencia del Estado Nacional y con fuerte presencia de los capitales privados. Tampoco habló de mejorar los salarios y las precarias condiciones de trabajo de millones de chilenos. Jamás planteó democracia participativa o abrir el debate a sindicatos, organizaciones estudiantiles y agrupaciones ciudadanas. Pero no es menos cierto que tampoco Frei hizo promesas de este calibre. Varios analistas aventuran que algunos legisladores del ala más derechista de la Concertación (mayoritariamente inserta en la Democracia Cristiana) trabajarán en consonancia con el gobierno de Piñera, mientras que los más progresistas (un sector del Partido Socialista y grupos de izquierda escindidos de la Concertación) construirán un espacio capaz de atender las nuevas demandas sociales. Dicho de otra manera, la Concertación quedó en riesgo de colapso de la misma manera que lo está, internamente, cada uno de los partidos que la integran. La llegada de la derecha al gobierno exasperó los ánimos de sectores sociales que ya habían ganado la calle durante el gobierno de Michelle Bachelet. La Central Unitaria de Trabajadores (CUT), emitió un alerta público: “Los empresarios llegaron al gobierno (…) el diálogo y la movilización marcarán la relación”, dijo Arturo Martínez, presidente de la principal organización sindical chilena. También organismos de derechos humanos, sindicatos mineros, estudiantes y docentes –muchos de estos sectores también críticos de la Concertación– coincidieron en que la llegada de la derecha al gobierno es una mala noticia y que la movilización popular será el camino para alcanzar las reivindicaciones demoradas o para frenar un retroceso de lo poco o mucho logrado en 20 años de Concertación.

Relación con los vecinos

En política exterior, las primeras declaraciones de Piñera –ofreció una conferencia a medios de prensa extranjeros– van de lo ambiguo a la confrontación. Opinó que “la integración no significa sólo intercambio de bienes, sino también cooperación política y cultural, e ir abriendo nuestras fronteras”. Pero también consideró que “prácticamente todos los países de América Latina, con excepción de Cuba, se reencontraron con su democracia en la década de los años 1980 o 1990”. El multimillonario cuestionó a La Habana pese a que el presidente de la Asamblea Nacional cubana, Ricardo Alarcón, lo había felicitado por su “victoria clara y neta”. Piñera dijo que él visualiza “dos grandes caminos en América Latina: uno es el que lideran países como Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y tal vez otros, y otro es el que lideran países como México, Brasil, Colombia, Perú y Chile”. Prometió un trato preferencial con los vecinos de Chile: Bolivia y Perú, naciones con las que su país tiene pendientes de resolución conflictos históricos, y con Argentina, “aunque no comparto muchas de las políticas que aplica el gobierno argentino”, aclaró. En la misma conferencia, el próximo presidente de Chile cuestionó al mandatario de Venezuela, Hugo Chávez, “por la forma en que practica la democracia, por el modelo económico y por la forma en que maneja los temas públicos”. Pocas horas después, el presidente bolivariano pidió a Piñera “que se ocupe de resolver los problemas de su país y no se meta con Venezuela”. Aún así, Chávez se resignó: “es imposible que un empresario muy rico esté de acuerdo con una Revolución Socialista”. Si Piñera acepta la invitación de la presidente Bachelet, su debut internacional como mandatario electo será en la Cumbre del Grupo de Río, el 21 de febrero en Cancún, en la que Chile recibirá la presidencia pro témpore. Los ataques de Piñera a Venezuela y Cuba, apenas después de haber sido electo presidente de Chile pusieron incómodo al gobierno de Bachelet. El canciller, Mariano Fernández, le recomendó que “empiece a dar opiniones sobre temas internacionales una vez que esté instalado” en el Ejecutivo.

Desde Buenos Aires, Adrián Fernández